Pellízcate,
Espe. Hazlo, en serio. Ay. Vale. Sí. Es real. Muy real. No puede ser. Te giras y
lo ves. Está mirando al frente, con esos ojos marrones suyos y una media
sonrisa en su rostro. Es de verdad. Miras a tu izquierda y ves su mano en tu hombro. La coges y la apretas con fuerza. Te gusta hacerlo de
vez en cuando para transmitirle que estás ahí, que eres de verdad y que estás
para lo que necesite. Vuelves a mirarle y sin darte cuenta, esbozas una gran
sonrisa. ¿Cómo algo tan perfecto puede existir? Tú eras una chica algo
escéptica para eso de la perfección, cosa que cambió que cuando él apareció en
tu vida. La perfección existe, claro que sí. Para cada uno es diferente. Pero
sabes que para ti, la perfección…es él. No te diste cuenta en seguida. Lo
fuiste comprobando día a día. Detalle a detalle. Sonrisa a sonrisa. Él gira su
rostro hacia a ti y te pregunta que qué pasa. Sonríes de nuevo y le dices eso
que siempre quisiste hacer pero que nunca pudiste. Le dices algo simple pero a
la vez complejo. Algo que te encanta decirle y que te encanta que te diga. Algo
que de verdad sientes. Le dices que le quieres. Puede quedarse corto, de hecho,
se queda. Le amas. Va más allá de eso pero no hay ninguna palabra que defina
con exactitud tus sentimientos hacia él. Os quedáis mirando el uno al otro.
Fija e intensamente. De una manera única, envidiable, perfecta. Os fundís en un
beso y cuando os separáis él te dice algo que ya sabes pero que nunca te cansas
de oír. Nunca habrías creído que un sencillo “yo también te quiero” iba a
producir en ti tantas sensaciones. Seguís andando, uno al lado del otro,
cogidos de la mano. Os miráis de nuevo y os sonreís. No hace falta nada más.
Ambos estáis felices. Más que eso. Piensas en ese mes y pico que lleváis juntos
y no puedes creértelo. Se te ha pasado más rápido de lo que pensabas. Puede que
llevéis poco menos de dos meses, pero vuestra conexión es como si llevarais
toda una vida juntos. Y eso te encanta. Te enamora, de hecho. Pero no más que
él. Lo mucho que aquel chico de curiosas rojeces en las mejillas te enamoró y
te sigue enamorando no lo superara nada ni nadie. Nunca. ¿Es posible que un
cuerpo humano pueda albergar tanto amor y sentimiento? ¿Es posible que un
cuerpo humano aguante la cantidad de sensaciones que él te produce? No lo sabes.
Pero tampoco te importa mientras no pare de hacerlo. A lo largo de los días te
has ido dado cuenta de algo que te ha dejado sorprendida, aunque no mucho. Algo
que pensabas que iba a tardar más en llegar a tu vida. Te has dado cuenta de
que él es el amor de tu vida. No un amor de tu vida. No. Él es el amor de tu
vida. De esos que solo hay uno. De esos que no vuelven a haber. De esos que te
hacen sentir cosas únicas. Piensas en el destino. El precioso destino que hizo
que vuestras vidas se entrelazaran. El precioso destino que tenía escrito
vuestra historia pero no vuestro amor. Porque vuestro amor es indescriptible.
No puede estar escrito en ningún lado. Es imposible definirlo con simples y
mundanas palabras. Le miras por cuarta vez y sonríes. No puedes evitarlo.
Podrías decir que él te hace feliz pero no. No es así. Él es tu felicidad. Él
es tu vida. Le quieres. Le necesitas. Le agradeces que te haya elegido a ti.
Que entre todas las chicas del mundo, te haya entregado parte de su vida y de
su corazón a ti. Es una tarea difícil pero harás lo que sea por aprovechar lo
que él te ha dado y sabes que él hará lo propio con todo lo que tú le has
entregado. Porque lo vuestro solo es vuestro. De nadie más. Porque solo
vosotros lo entendéis y sois conscientes de lo que conlleva vuestra especial
conexión. Una conexión que jamás habías pensado que tendrías con alguien. Pero
él no es alguien cualquiera. Él es tu idiota.
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