Aún flotaban aquellas palabras en el aire. Al principio las recordaba como una cálido abrazo a mi ser, como si aquellas simples ocho palabras fueran un escudo protector que pudiera alejarme de cualquier cosa que no fuera él, de todos, de todo. Era como si me hubiera metido en una pequeña burbuja invisible que solo nos incluía a nosotros y a nuestro amor. Luego, cuando pasaba el tiempo se me iba olvidando aquella frase, se fue esfumando poco a poco de mi mente, se fue desvaneciendo en aquella parte de mi mente donde almacenaba hechos sin importancia. No me di cuenta que aquel recuerdo se encontraba aún en mi mente cuando todo acabó. De repente todos mis recuerdos desaparecieron por completo, no sé si realmente los olvidé o los almacené, a día de hoy sigo si saberlo. Ahora no hay nada más en mi cabeza, nada más a parte de esas ocho palabras. Solo ocho palabras. Ocho palabras acompañadas por un recuerdo de olor a cigarrillos, algo de alcohol y una voz preciosa que repetía una y otra vez la frase. ¿Te espero hasta el último baile, te vienes? No recuerdo quién las dijo. Ni siquiera en qué momento de mi vida escuché aquella frase. Solo sabía que aquella voz era la más bonita que había escuchado jamás. Algo irónico, ya que no recordaba haber escuchado nada más. No recuerdo haber vivido nada más. ¿Nada más de qué? No lo sé, quizás nada más que lo que vivía día a día. Muchas veces, sin darme cuenta, me llevaba la mano al centro del pecho y acariciaba aquella cicatriz vertical, que según me habían dicho era de mi trasplante de corazón. Algo que tampoco recuerdo. En esos momentos en los que me tocaba la marca, la voz se hacía mucho más presente que en otros momentos y la frase era mucho más clara.
-¿Estás bien?
Me giré y vi a un chico de pelo oscuro y ojos claros. Sonreía de forma melancólica y me miraba con expresión expectante. No sabía qué responder. Supongo que sí, ¿no?
-Sí...estoy bien-Dije tímidamente.
-¿Te parece si hacemos ahora el recordatorio diario?
¿Recordatorio? Hmm. ¿De qué habla? Al parecer el chico notó mi confusión porque sonrió moviendo la cabeza de lado a lado.
-Anda, siéntate en la cama.
Le hice caso y me acomodé en el colchón mientras veía a aquel chico cogiendo una caja de mi estantería. Cuánta confianza. Él se sentó a mi lado y abrió aquel recipiente que resultó estar lleno de papeles, cositas pequeñas y sobretodo, muchas fotos. Cogió un montón de fotos y me las fue enseñando una a una, haciendo breves explicaciones de cuando habían sido tomadas.
-Esta fue cuando fuimos a nuestra primera fiesta. Lo pasamos genial, ¿sabes? Aunque yo bebí de mas y como no, tú me cuidaste-Mientras decía esto me miraba con cariño y ternura.
Me fue enseñando muchas fotos que no sabía que en algún momento de mi vida había vivido. Sonaba muy bien aquello. Barbacoas familiares, fiestas de amigos, excursiones con la clase. ¿Era yo de verdad? Me rasqué la cabeza un poco confusa y seguí escuchando a aquel chico de voz suave. Cuando estaba pasando una foto donde salía la que parecía ser yo, disfrazada de mariquita, se la cayó una fotografía. La cogí y la observé. Era el rostro sonriente de un chico de ojos oscuros y bonita sonrisa. Algo en sus ojos me cautivó, quizás eran las arruguitas que se le formaban bajo los ojos o quizás el brillo. El destello tan...especial que irradiaban.
-Te encantaba esa foto-Sonrió el chico y suspiró.
Aquel rostro me sonaba de algo. Aquellos ojos. Aquellos labios.
-¿Quién... quién es'?
El chico bajó un segundo la mirada y luego me miró con los ojos llenos de emoción. No dijo nada, solo dirigió un leve movimiento hacia mi pecho. Fruncí el ceño. ¿Qué quería decir? Pareció saber que no le entendí porque se acercó más a mi y me toco la parte central del pecho, justo donde se encontraba mi cicatriz. ¿Te espero hasta el último baile, te vienes? Sonó en mi mente con mucha fuerza, como si hubiera un altavoz cerca de mí. Entonces, creo que lo comprendí todo. Me toqué la cicatriz, miré la foto y luego al chico que tenía delante.
-¿Te espero hasta el último baile, te vienes?-dije sin darme cuenta pero a la vez, queriendo.
El chico me observó durante un instante y luego pude ver como asintió levemente con la cabeza. Fue él, aquel chico de ojos brillantes, aquel chico de labios carnosos. Fue él quien me hizo nacer de nuevo. Es él el dueño de la voz.